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viernes, 12 de septiembre de 2014

Inseparables (11)

Y en ese preciso día en el que pretendía acabar con todo, apareció ella, que ironía de la vida. Ella era mi nueva compañera de habitación se llamaba Elisa y me sacaba un año. Ella era lo que yo siempre había querido ser, guapa lista, alta, delgada... Pero allí estaba ella con el mismo problema que yo y dispuesta a salir de todo aquello. Confíe en ella sin dudarlo, y ella hizo lo mismo, entre nosotras no había secretos, de repente sentí una punzada en el pecho y me acordé de María y de todo lo vivido.
Pasaron los días y era Elisa la que curaba mi herida, la que me secaba las lágrimas nocturnas y mi mayor apoyo. Recuperé la esperanza que había perdido de este mundo tan mísero, y todo gracias a ella. Volví a recibir una llamada, habían encontrado un tumor a mi padre y debían operarlo.
Se me vino todo encima, como una ráfaga de viento llevándose el resto, dejándome el dolor por no poder acompañar a mi hermano en esos momentos. Tenía claro que no era una buena hija, ni amiga ni nada. No sabía a lo que aspiraba en esta vida tan odiosa, pero tampoco me importaba. Necesitaba abrazar a mi hermano, volver a ser los de antes. Pero no podía salir de allí, no al menos sin una mentira, una mentira que sólo yo sabría. Empezaría a quejarme menos, a sonreír más, hasta volver un par de días a Valladolid a apoyar a mi familia, que en esos momentos era lo importante.
Lo más gracioso fue que todos los médicos se lo creyeron, pero no Elisa, ella realmente estaba luchando y la admiraba por ello pero yo no podía. Me enteré de que me iban a dar una semana para pasar fuera y cuando se lo conté a Elisa no se alegró, se entristeció porque dijo que yo no estaba preparada, pero nadie nace preparado para lo que la vida le tiene preparado.
Pasé dos días en Madrid con Gonzalo y famiñlia y luego marché a Valladolid, la ciudad de la que había huido hacía unos meses, en la estación estaba mi madre, mi hermano y María aunque no me lo esperaba. Mi madre parecía ida, aunque había perdido la relación con mis padres en el divorcio, mi hermano seguía tan guapo como siempre, y María había crecido, ya era una mujercita responsable y me encantaba verla así.
Me llevaron directa al hospital y llegué justo cuando mi padre salía de la operación, aunque no había salido bien y habían tenido que cerrar para no dañar otras cosas. No sabía como tomarme eso, pero el tumor seguía ahí, y cada día el riesgo era mayor, hasta el día de mi partida pasé todas las horas allí, junto a María y mi hermano escribiéndole cartas a mi padre para sentirme 'mejor'.
Ya era el séptimo día y tenía que volver a Madrid, y sinceramente lo necesitaba.


(Continuará....)

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